martes, 26 de diciembre de 2017

EL SACO

EL SACO

Hace muchos años, en una hermosa aldea donde todos los habitantes vivían en armonía, llegó desde muy lejos un viejo comerciante que había viajado por todo el mundo y vendía artículos de todo tipo. Uno de esos extraños productos era un diminuto saquito de tela que escondía un gran secreto, aunque era pequeño, en el podías guardar todo lo que quisieras, ya que conforme se llenaba iba creciendo y creciendo sin fin. 

A un joven de la aldea le pareció interesante aquel curioso artículo y por tan sólo unas monedas se hizo con el. El comerciante le insistió que era una gran adquisición si sabía utilizarla correctamente, pero conllevaba también una responsabilidad, ya que debía cerrarlo cada vez que lo usara porque si no lo hacía, seguiría creciendo tanto el saco como lo que contenía. 
El protagonista de esta historia se fue a su casa tan contento por haber conseguido lo que para el parecía un tesoro. Lo guardó en un pequeño cajón pensando el uso que le podría dar pero pasado un tiempo se olvidó de el. 

Los siguientes meses el joven trabajó duramente pero el poco tiempo que tenía libre lo disfrutaba con sus amigos y su familia. Lo cierto es que era un muchacho muy sociable, hablaba con todo el mundo, siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás ya que tenía un gran corazón. 
Un día , después de trabajar en el campo, volvió a su casa y se encontró la puerta abierta, al entrar vio que alguien le había robado gran parte de sus pertenencias, todo por lo que había luchado había desaparecido. Jamás pensó que alguien pudiera robar en aquella aldea donde todos se conocían y en ese momento empezó a dudar y a sospechar de sus propios vecinos. Desde ese día ya no los trato igual, estaba convencido de que había sido uno de ellos y lo cierto es que no se equivocaba, ya que en pocas semanas descubrió que el ladrón no sólo había sido su vecino más cercano sino que además era su mejor amigo. Aquello le lleno de tristeza, decepción e ira. El joven dicharachero empezó a ver el mundo con desconfianza, en su corazón había germinado la sombra del odio. Ya no salía tan a menudo de su casa y siempre que lo hacía la cerraba a cal y canto, ya no saludaba a todos como antes y empezó a sospechar que todos estaban en su contra. 
Un día, ordenando su casa, encontró el pequeño saco que había comprado unos años antes al viejo comerciante y se le ocurrió guardar en él algunos de los sentimientos que le estaban corroyendo el alma. Guardó la tristeza, la desconfianza y la ira que con el tiempo habían crecido dentro de él. Al principio parecía no caber, pero enseguida vio como crecía sin problemas. El muchacho se sintió algo más aliviado y dejó de nuevo el saco en un armario, ya que no cabía en el cajón pero se olvidó de cerrarlo y el saco y todo lo que contenía se fueron haciendo cada día mas grande. 
Pasaron los años y el muchacho se convirtió en un hombre, había perdido parte de su alegría, su carácter se había agriado con el tiempo y muchos de los amigos que tenía los había perdido por culpa la desconfianza y el orgullo. 
Este pequeño cambio en solo una persona afectó a todos ,ya que contagió la tristeza, odio e ira a todos los habitantes de la aldea. Los rumores empezaron a correr por las calles haciendo lo mejor que saben hacer, destrozar amistades a través de las mentiras. A nadie se le ocurrió pensar que no eran ciertos, simplemente aceptaban que lo que uno decía, que había dicho el vecino, que se lo había oído decir al de la esquina era una verdad como una catedral.

Pasaron los años y la relación de los habitantes de la aldea comenzó a ser complicada, había discusiones, peleas e incluso había familias que habían dejado de hablarse.

El personaje de nuestra historia ya empezaba ha estar mayor y la sombra que años antes había germinado en su corazón había crecido de tal manera que lo había convertido en un viejecito huraño y solitario al que nadie hablaba ya. Llegó un tiempo en que apenas salía de casa, la desconfianza era tal que no se atrevía a cruzarse con nadie, pasaba las horas ordenando sus viejos trastos y un día al abrir un armario se encontró con un gran saco abierto, rebosante de odio, ira y tristeza, tan grande que ocupaba todo el armario. Entonces recordó qué era, su pequeño saquito en el que había guardado parte de sus sentimientos pero que había olvidado cerrar dejándolo que crecieran, crecieran y crecieran, aumentándose unos a otros. Intentó cerrarlo pero ahora era tan grande que no tenía suficiente fuerza para estirar de las cuerdas que lo cerrasen...

.... ¿Que creéis que pasó ? Ayudarme a encontrar el final. 

Puede, que como no consiguiera cerrar el saco, se le ocurriese sacar el odio, la ira y la tristeza para hacerles frente y entonces el saco volviese a hacerse de nuevo pequeño, ablandando el corazón del viejo que pudo encontrar la fuerza para perdonar y pedir perdón. 

O puede que no consiguiese cerrar el saco, ni se le ocurriese sacar nada de el, y siguió y siguió creciendo tanto que en día era ya tan grande que el viejo cayó dentro y el odio lo devoró sin que nadie lo echara de menos. 

O puede que consiguiese cerrar el saco y viviese el resto de sus días solo y amargado, recordando que los tiempos pasados fueron mejores.


domingo, 10 de diciembre de 2017

EN NAVIDAD

EN NAVIDAD



Rubén era un muchacho de 17 años que vivía con su madre en un barrio de las afueras de una gran ciudad. Sus padres se habían separado hacía varios años y aunque fue una separación amistosa y sin demasiados dramas, Rubén jamás había perdonado a su madre que hubiera permitido que su padre se marchara a otro país. Desde hacía años se comportaba de forma rebelde, contestaba a su madre por cualquier excusa, se saltaba las clases en el instituto e incluso había noches en las que ni siquiera volvía a casa a dormir.
Sólo pensaba en estar de fiesta con sus amigos y en conocer chicas. La convivencia con Rubén se había vuelto insoportable, pero su madre , que era una buena mujer, intentaba quitarle hierro al asunto, pues sabía que en el fondo tenía buen corazón y que estaba pasando por una época difícil al no tener a su padre cerca. Esperaba que con el tiempo, su querido hijo, volviera por el buen camino, volviera a ser de nuevo él.

Unas Navidades, cuando Rubén estaba a punto de cumplir los 18 años, cogió un pequeño macuto con algunas pertenencias, el dinero que su padre le había dejado para la universidad y dejó una nota a su madre : "me voy, no me busques".
Y así, sin despedidas y sin penas, Rubén dejó las llaves en la mesa del comedor, salió de su hogar y cerró la puerta con fuerza para no volver jamás.

Su madre no cesó de buscarle en los siguientes meses pero con el tiempo, se dio cuenta que le era imposible encontrar al que no quiere ser encontrado. Intentó retomar su rutina con la esperanza de que su hijo algún día volviera, al fin y al cabo se había ido por su propio pie. No pasaba un día en que su corazón se acelerara con fuerza al oír el sonido del teléfono, incluso cuando salía a la calle, a veces, le parecía verlo en alguna esquina y salía corriendo tras él pero cuando cruzaba la calle su figura ya no estaba.

Mientras tanto Rubén, se dedicaba a vivir en casa de algunos amigos, iba de fiesta en fiesta cuando se le antojaba, en pocas  palabra, hacía lo que quería, a penas se acordaba de su madre y mucho menos de el hombre que le había abandonado unos años antes.

Los primeros meses fueron geniales, rodeado de sus amigos, conocía gente nueva con sus mismas ganas de exprimir la vida y la cantidad de dinero que tenía, le permitía ser generoso con los que creía que eran sus colegas. Vivía sin normas, sin límites, sin deberes.

Pero pasado un año, todas aquellas puertas que al principio se encontró abiertas se fueron cerrando de una en una, sus amigos se cansaron de su cara dura, de su chulería y reproches porque tuvieran que trabajar para vivir, trataba a todo el mundo como si fueran sus criados y aquella generosidad de los primeros meses había desaparecido como el dinero de Rubén y sus amistades.

Y así es como Rubén, ya con casi 19 años se vio sólo, en la calle y sin amigos pero  él, que le sobraba orgullo, se sentía superior a los demás, pensó que era una oportunidad para conocer mundo y vivir la vida. Se dedicó un tiempo a viajar a cualquier lugar que le llevaran gratis y para comer, tan sólo le hacía falta sentarse en una buena zona y ponerse a pedir. Se dio cuenta que durante los periodos vacacionales conseguía suficiente dinero para utilizarlo en albergues las noches más frías. Al fin y al cabo quería disfrutar, divertirse y no pasar las noches gélidas a la intemperie.

Rubén, el muchacho al que no le había faltado cariño, comida y un hogar ahora era un sin techo más y aunque los primeros años no le importó, es más lo disfrutó conociendo mundo, en el Otoño del tercer año lejos de su casa, enfermó de una fuerte neumonía al no encontrar un sitio dónde dormir varias  noches. Fue la primera vez que realmente echo de  menos a su madre, su cariño y sus cuidados.

Aquella idea  se instauró en su mente como un parásito, pensaba en volver durante un tiempo a su casa, tal vez su madre habría cambiado, tal vez la podría perdonar, incluso cuando hacía memoria no creía que fuera tan mala, nunca le había gritado, por lo menos sin razón, reconocía que era paciente y lo cierto es que fue su padre el que se marchó lejos mientras ella siempre estuvo a su lado.

A punto de cumplir los 22 años, apenas quedaba una semana para Navidad, cogió lo poco que le quedaba en su viejo y raído macuto para tomar el camino de regreso a su hogar. Tuvo la gran idea de presentarse en la puerta de su casa antes de la cena de Noche Buena, sería el centro de atención.


Y allí que se presentó, estaba frente a la puerta que unos años había cerrado con tanto ímpetu, se arrepentía de no haberse llevado las llaves, por un momento, antes de llamar, pensó en sus primeras palabras, incluso se imaginó el cálido abrazo de su madre, realmente la añoraba pero cuando fue a llamar al timbre escuchó varias pisadas, risas y jaleo, parecía que había una fiesta. Entonces dio un paso atrás,  le entraron dudas, tal vez no había sido buena idea. Seguía oyendo fuertes carcajadas, su madre no estaba sola y su orgullo le hizo dar tres pasos más hacia atrás, ¿ cómo se atrevía su madre a ser feliz sin él? ¿ a caso le había olvidado? Y pregunta tras pregunta, Rubén daba pequeños pasos que le alejaban de aquella puerta hasta que se encontró de nuevo en la calle.

Caminó por su antiguo barrio y pensó que todavía tenía algún conocido por la zona, se acercaría a los bares que solía regentar y esperaría que apareciera alguno. Sería una noche mítica con sus antiguos amigos. Pero era Noche Buena y las calles estaban vacías, los bares cerrados y el frío empezó  a instalarse en los huesos de Rubén. Se sentó en la entrada de su bar preferido a esperar, intentando resguardarse del frío. A media noche se acomodo un poco y cerró los ojos pensando  en que tal vez debería haber llamado a la puerta de su casa, tal vez su madre si le había echado de menos, tal vez su madre le había perdonado por abandonarla como lo hizo su padre, tal vez....

Su orgullo desapareció mientras se quedaba dormido, pensando en cómo pedir perdón, en una de las noches más fría del año. A la mañana siguiente, la noticia de que había un joven escuálido con el pelo enmarañado y sucio muerto en la calle, corrió como la pólvora por el barrio. Nadie sabía quien era, nadie le echó en falta, excepto una buena mujer, que desde hacía varios años, seguía poniendo cada día un plato de más en la mesa, esperando el regreso de su hijo.

martes, 5 de diciembre de 2017

AKILES

AKILES


Había una vez un precioso perro llamado Akiles que vivía con una familia muy especial a la que cuidaba y daba muchas alegrías. Le gustaba jugar con las pelota,  cuidar de sus dueñas y si en algún momento las veía tristes, intentaba animarlas dándoles grandes lamentazos en la cara, como si fueran besos. Vivía en una casa donde se acogían gatos abandonados y Akiles se encargó de darles cariño y cuidarlos como si fueran sus hermanos. Durante 9 años se convirtió en uno más de la familia, hasta que por desgracia enfermó de un sarcoma y murió dejando un vacío y un dolor en los corazones de toda la familia. 


  
  


lunes, 27 de noviembre de 2017

LA LEYENDA DEL SENTIR

LA LEYENDA DEL SENTIR


La Diosa del Amor tuvo cuatro hijos, Razón, Respeto, Alegría y Compromiso. Cuando creyó que ya eran lo suficientemente mayores para vivir por si mismos, los envió a conquistar el mundo sin saber que allí se encontrarían con Celos, Dolor, Tristeza e Ira que rápidamente y con sucias tretas, engañaron y secuestraron a los inocentes hijos de la Diosa para ocultarlos y abandonarlos en una gran cueva, donde no pudieran influir en la Tierra. 

Dolor y Tristeza se adueñaron de las almas de los hombres que se volvieron quejosos y apáticos. Ira y  Celos gobernaron los países con mentiras y rencores. Durante siglos la Tierra se volvió una necrópolis oscura y sin color pero de las penas y llantos de los hombres y mujeres nacieron Esperanza, Caridad, Sabiduría y Miedo que unieron sus fuerzas para liberar a Razón que apenas podía pensar, a Respeto que no se reconocía a si misma, a Alegría que había perdido la cabeza y a Compromiso que tenía el alma rota. 

Poco a poco Caridad curó las heridas de los cuatro hermanos, los cuales al verse de nuevo fuertes declararon una gran guerra de poder contra Dolor, Tristeza, Celos e Ira. 
Muchos de los habitantes de la Tierra, se unieron al pequeño ejercito de los hijos de Amor para desterrar a Ira y a Celos a una pequeña isla llamada Soledad y tras una gran batalla encerraron a Dolor y Tristeza en la antigua cueva que había sido la cárcel de los cuatro hermanos. 

Razón gobernó el mundo junto a Sabiduría y Esperanza, convirtiendo los países en lugares justos e inflexibles. Alegría , Respeto y Compromiso tomaron las riendas de las almas de los hombres mientras Caridad se dedicaba a cuidar de Miedo, el cual creía que el mundo se sumergía en el caos y en la locura. No existía la pena, el llanto, el hambre, ni la guerra pero tampoco la felicidad. 
Los hombres, siempre tan desagradecidos, comenzaron a aburrirse, dejaron de esforzarse y perdieron la imaginacion y la creatividad. Ante aquella situación Miedo encontró un trocito de valor en su corazón para liberar a Dolor y Tristeza que durante su cautiverio se habían vuelto insoportables e inseparables. Encontraron a Ira y a Celos, a los que el rencor por haber sido abandonados en la Isla Soledad, había destruido el pequeño corazón que antiguamente habían tenido. La guerra de nuevo se hizo inevitable, pero esta vez los ejércitos estaban más equilibrados por los hombres. Un día se ganaba una batalla y otro día se perdía, durante años la vida en la Tierra consistía en luchar por sobrevivir, aquello no parecía acabar nunca.

Miedo no sabía que bando escoger, unas veces estaba con sus hermanos, a los que había traicionado liberando a Dolor y Tristeza y otras veces se unía a sus antiguos captores que lo relegaban a los peores trabajos, asustando a los guerreros con la llegada de la Muerte. 
Caridad, que tenía un gran corazón, intentaba cuidar tanto de unos como otros pero le faltaban manos para sanar las profundas heridas de la humanidad, así que un día, decidió juntar a todas las emociones para llegar a un acuerdo. Nadie gobernaría sobre el ser humano, serían ellos mismos los que decidieran qué hacer con su mundo, tomando las riendas de sus propias vidas. 
Todas las emociones estaban  cansadas de librar tantas batallas, aquella interminable guerra no les llevaban a ningún lado, así que por una vez estuvieron de acuerdo en llegara un equilibrio. 
De ahí que podemos sentirnos alegres por la llegada de un nuevo día, tristes por el adiós de un ser querido, enfadados por las injusticias, asustados ante la incertidumbre, esperanzados por el futuro, rencorosos por la mentira y muchas más cosas a lo largo de nuestra vida y llegando a un equilibrio podemos encontrar en nuestro camino el amor y la felicidad.

sábado, 18 de noviembre de 2017

NAHIA Y EL LOBO

NAHIA Y EL LOBO


Había una vez un lobo muy hambriento que vivía en un gran bosque en el que apenas había nada para alimentarse. El lobo era temido en todas las casas del pueblo cercano, pues robaba gallinas, cerdos y corderos para alimentarse.

Un día que el lobo buscaba algo que comer, sintió un gran dolor en una de sus patas. Había caído en una trampa del cazador del pueblo. El lobo aulaba, gritaba y lloraba de dolor.

De pronto, pasó por allí una niña llamada Nahia que iba a ver a su abuelita. Nahia al ver al lobo tan dolorido quiso ayudarle y aunque tenía miedo, pues había oído toda clase de historias sobre aquel lobo, se acercó y lo soltó de la trampa del cazador.

El lobo se levantó y comenzó a lamer su patita herida mientras miraba a Nahia con gratitud. Poco a poco se adentró en el bosque sin dejar de mirar a la pequeña niña.

Nahia siguió su camino, pero al haberse entretenido no se dio cuenta de lo tarde que era y se perdió en el gran bosque. Nahia estaba muy triste y asustada.

La abuelita de Nahia al darse cuenta que no llegaba a casa, empezó a temerse lo peor. Avisó a la mamá de la niña y a los vecinos del pueblo. A media noche buscaban a Nahia desesperadamente por el bosque, pues pensaban aterrados que el lobo podría habérsela comido.

El lobo que seguía dolorido , escuchó lo que estaba ocurriendo. Se acordó de la ayuda que le brindó Nahia y buscó a la pequeña niña por el gran bosque hasta que la encontró acurrucada entre los helechos.

El lobo se acercó a Nahia y lamió su fría cara. La niña siguió al lobo hasta las afueras del gran bosque donde estaba su madre y su abuelita.

Desde aquel día, el lobo acompaña a Nahia por el gran bosque hasta la casa de su abuelita y la pequeña niña da de comer al lobo, que desde aquel momento dejó de ser un lobo hambriento.

















domingo, 12 de noviembre de 2017

LA PRIMERA VEZ

LA PRIMERA VEZ


Hace poco una amiga me contó su historía y hoy con su permiso me gustaría compartirla

Nerea tenía apenas 14 años recién cumplidos, su vida aparentemente era feliz, tenía salud, una familia que la quería y unos pocos amigos pero ella sentía que no encajaba en el mundo,  sola y confundida. Los estudios no le iban nada bien y la relación con sus compañeros tambien era nefasta. Se sentía diferente y los demás la trataban diferente, se reían de ella por su forma de vestir, la ignoraban por su forma de ser y la despreciaban por su forma de pensar, cada día intentaba pasar por la escuela como un fantasma invisible donde nadie le podría hacer daño. En su corazón creció un caparazón a la vista duro pero frágil como las alas de una mariposa. Intentó camuflarse para parecer normal y comenzó a representar un papel, una vida, para sobrevivir .

Durante un tiempo aquello pareció funcionar, incluso sus antiguas compañeras que la humillaban empezaron a tenerla en cuenta y poco a poco Nerea comenzó a tener la sensación de pertenecer a un grupo, a no ser tan diferente, a no ser la tonta, rara y estúpida.

Por aquella época surgían noviazgos entre los compañeros y como no, Nerea no quiso quedarse atrás y tuvo su primer novio. Si le gustaba o no sólo lo sabía ella, de aquel chico recibió su primer beso, no mucho más, pero no estaba sola. Iban al cine, al parque y a las ferias de la ciudad.  Y en una de esas noches de feria mientras disfrutaban en grupo de un espectáculo pirotécnico su primer novio rompió con ella. Así, sin más ni más, quería hacer un paréntesis ya que durante el verano se verían poco y Nerea estuvo de acuerdo, tampoco le importó no volver con él. No hubo drama, ni llantos, ni reproches, de hecho siguieron viendo el precioso espectáculo nocturno.

Nerea no tenía muy claro que hacer, quedarse o marcharse, a fin de cuentas ella pertenecía al grupo, ¿No?¿Si?

Mientras llegaba la traca final sintió ciertas miradas, oyó risitas y al girarse, para preguntarle al que ya era su primer exnovio qué pasaba, se lo encontró besando a una de sus supuestas nuevas amigas.

Más miradas, mas risas, carcajadas.....

Se levantó y sin mediar palabra se fue a su casa, mientras las risas y los dedos acusadores le seguían por mucho que se alejase, otra vez sin dramas, sin llantos, sin palabras. Estaba sola, se fue a casa y una vez allí sintió hambre, un hambre atroz, primitivo, se dirigió a la cocina y allí asaltó la nevera intentando llenar un vacío,  tal vez calmar un enfado o enterrar la humillación, quién sabe.

Cuando terminó de comer, engullir y tragar, se sintió culpable, por ser como era, por no ser de otra forma, por no ser normal y entonces algo repulsivo le subió por la garganta intentando salir de su boca, como si fuera un grito silenciado, rápidamente se agachó sobre la taza de baño y vomitó, vomitó la humillación , vomitó la poca dignidad que tenía, vomitó la ira que le ardía en el pecho, vomitó pensamientos de odio, vomito la tristeza por sentirse sola y no paró hasta que pensó sentirse libre. Esa fue su primera vez.



Con los años Nerea construyó una aparente buena vida, aparentaba buena salud, tenía una buena relación aparentemente, tenía un buen trabajo que aparentemente le gustaba y parecía que hacía lo que quería pero en su interior no le gustaba en quién se había convertido ni el papel que representaba pero el miedo a decepcionar y cumplir con lo que creía que se esperaba de ella le impedía ser ella misma.

Su primera vez se convirtió en decenas, centenas, miles, la mejor manera de sentirse vacía, guapa para los demás, libre de tristeza, relajada, tener el control de alguna manera, lo hacía porque quería y podía dejarlo cuando quisiera.

Hasta que un día toda aquella falsa realidad, todo aquel frágil castillo de naipes se derrumbó y Nerea vomito por última vez.
Tuvo que aprender a crear una nueva vida, con cimientos reales, no hizo falta que fuera una buena vida, le bastaba con que fuera suya, sin apariencias, sin vómitos de tristeza, ira, soledad... y con el tiempo y esfuerzo, resultó que Nerea  vivió una estupenda vida, diferente, rara y única , con alegrías y tristezas, con enfados y humillaciones, con dignidad y alabanzas, con sus idas, pensamientos , valores y con sus creencias,  sus locuras y genialidades .

Nerea dejó de sobrevivir y comenzó a vivir


DEDICADO A, TODAS LAS PERSONAS QUE HAN SUFRIDO O SUFREN ALGÚN TRASTORNO ALIMENTICIO, A LAS PERSONAS QUE LES ACOMPAÑAN Y LAS CUIDAN.


HAY VIDA DESPUÉS DE LA ÚLTIMA VEZ

martes, 7 de noviembre de 2017

PESADILLAS

PESADILLAS. 


Había sido un Invierno largo y duro, la nieve comenzaba a derretirse en los alrededores de la ciudad y el aire, gélido todavía, corría por las calles, pero algunos días podía sentirse la llegada de la Primavera. 
Los últimos meses del año habían sido igual de intensos que el invierno para un matrimonio que vivía a las afueras. Llevaban más de seis años viviendo juntos y se habían casado unos meses antes. Gorka y Laura seguían queriéndose como el primer día y de eso hacía ya quince años. 

Ambos tenían buenos trabajos pero Laura no estaba contenta con lo que hacía. Era extremadamente exigente y crítica consigo misma, por lo que seguía estudiando y formándose en su tiempo libre, aprovechaba cada segundo del día y de la semana para estar ocupada, por lo que vivía bajo un gran estrés que le impedía conciliar el sueño muchas noches. Había organizado el día a día por horas y normalmente era inflexible, se acostaba siempre a la misma hora, fuera o no fin de semana por lo que rara vez salía por las noches y a pesar de eso muchas noches las pasaba en vela. Si conseguía dormirse, se despertaba a media noche pensando en lo que debía hacer al día, la semana, el mes o el año siguiente, pocas veces le llegaba a sonar el despertador. Una vez que terminaba su jornada laboral, iba corriendo de un lado a otro, siempre se quejaba de tener la sensación de faltarle horas en el día. Ponía todas sus energías en no perder el tiempo o por lo menos eso intentaba. Durante los últimos 5 años ese había sido su ritmo de vida, su carácter se había enrarecido y apenas sonreía, aunque de puertas para afuera intentaba que no se notase pero Gorka, su marido, cada vez era más consciente del cambio. 

Él era todo lo contrario, tranquilo, extrovertido y apenas se preocupaba por el horario. Su prioridad era disfrutar del momento sin pensar en el día siguiente y mucho menos en el trabajo. Tenía un sueño profundo por lo que  muchos días era Laura la que le avisaba, a menudo llegaba tarde a trabajar, no más de 5 minutos pero apuraba hasta el último segundo para dormir, la mayoría de días se iba sin desayunar. Pasaba su jornada trabajando duro pero no creía que mereciera la pena dejarse la piel. Una vez que salía de su puesto de trabajo se olvidaba hasta el día siguiente. Realmente Gorka era un hombre tranquilo y paciente pero a veces, le crispaba los nervios que Laura no parara nunca. 

Eran dos personas casi opuestas pero habían crecido juntos, eran amigos de toda la vida y tenían ciertas cosas en común que les apasionaban: viajar, la naturaleza, el cine, los animales y el deporte. A pesar de ser tan diferentes la convivencia era relativamente fácil, apenas discutían porque los dos tenían un carácter amable, los dos eran buenas personas y sobre todas las cosas se querían con locura. 


Últimamente, Laura, estaba teniendo más problemas durante las horas de sueño. Lo poco que dormía tenía pesadillas recurrentes que provocaban que descansara menos de lo habitual. Se despertaba por las noches gritando, llorando o asustada mientras Gorka solía abrir un ojo durante unos segundos, le acariciaba la mejilla y acto seguido volvía a quedarse profundamente dormido. Laura se quedaba horas despierta escuchando los fuertes ronquidos de su marido hasta que ya no podía aguantar más y le zarandeaba para obligarle a darse la vuelta, aunque aquello pocas veces funcionaba. Deseaba no acordarse de sus sueños porque cada día iba en aumento su miedo a que llegara la hora de dormir, no encontraba un momento de paz. Tenía sueños repetitivos, soñaba que se le caían los dientes, que se quemaba o que había cucarachas en la cama pero su peor pesadilla era que algo o alguien entrase a casa mientras estaban durmiendo. Era un sueño tan real que cuando se despertaba tenía la sensación de oír voces, ver sombras en movimiento e incluso, podía sentir un cierto olor afrutado. A veces se escondía debajo de las sábanas como si aquella fina tela le protegiera de todos los males terrenales. Notaba cómo su corazón se aceleraba, podía escuchar su latido que retumbaba por la habitación y cómo su cuerpo se deshidrataba empapando las sabanas mientras temblaba de auténtico terror y lloraba en silencio hasta sentir el contacto de la piel de Gorka. Despacito y sin meter ruido acababa abrazándole para contagiarse de su suave y tranquila respiración. Tan sólo pasaban unos minutos hasta que su mente se despejaba y se daba cuenta que estaba segura en su habitación pero a ella le parecían horas. 
No recordaba la última vez que había tenido un plácido sueño y envidiaba la tranquilidad y el placer del dormir de su gran y único amor. Los días se le hacían eternos después de aquellas noches entre pesadillas y agotadores despertares pero cada cierto tiempo su mente y su cuerpo llegaban al límite y acababa dormida profundamente alguna noche al mes. Esas noches conseguía conciliar un sueño profundo, tranquilo que le daba paz y fuerzas para los siguientes días. 

Una noche, tras dar vueltas y vueltas durante varias horas sin encontrar la postura para dormirse le pareció escuchar el tintineo de unas llaves, se imaginó que probablemente serían las que colgaban por la parte interior de la puerta. Intentó descartar ese pensamiento, esa imagen pero le fue casi imposible. Una vez más se escondió bajo las finas sábanas, cerró los ojos intentando dormirse y buscó lentamente la mano de Gorka para sujetarla con fuerza. Le apretó con tal energía que él entreabrió los ojos e intentó calmar a su mujer con un abrazo a la vez que le susurraba, "tranquila, estoy aquí". En ese momento Laura calló en un sueño ligero, tan poco profundo que todavía podía oír la suave respiración de Gorka, incluso por un momento creyó sentir una caricia en su mejilla, algo extraña, como si la mano que le rozaba estaría cubierta por una fina tela y sin haber alcanzado todavía el descanso, le pareció vislumbrar una luz intensa acompañada de un ruido extraño, un pequeño gruñido de algo oxidado. Su sexto sentido le hizo abrir los ojos, su corazón palpitaba con fuerza, algo en el ambiente no le cuadraba, la habitación tenía un olor dulce, intenso y desconocido. Se incorporó sobre la cama para levantarse pero Gorka le sujetó por la muñeca con firmeza y le instó para que volviera a tumbarse. Ella no quería molestarle otra noche más, así que volvió a acostarse, esta vez abrazada a Gorka, asustada sin saber muy bien porqué o de qué. Le costó dormirse más de dos horas, casi poco antes de que sonara su despertador un día más. 
Esta vez le costó levantarse, más perezosa que otras veces pero comenzó su rutina diaria en el baño. Gorka seguía durmiendo así que intentó hacer el menor ruido posible y no encender ninguna luz hasta llegar a la cocina. Fue caminando a ciegas, pues solía levantarse antes de amanecer, cerró los ojos mientras caminaba en la oscuridad y una desagradable sensación le recorrió el espinazo. En cuanto encendió la luz de la cocina se despertó de golpe, aquella luz cegadora se reflejaba en todas las paredes de las inmaculadas baldosas blancas que el día anterior estaban cubiertas por electrodomésticos de última generación y que apenas habían terminado de pagar. Laura abrió y cerró los ojos varias veces como si intentara salir de un mal sueño pero no lo conseguía. Giró sobre sus pies y esta vez no tuvo reparos en encender todas las luces de su casa, ahora totalmente vacía, no quedaba nada, tan solo aquel olor dulce, afrutado, intenso y desconocido. Estaba en medio del salón cuando sin pensarlo llevó su mano hasta la mejilla para acariciársela, de repente se dirigió poco a poco a su cuarto, se metió en la cama de nuevo junto a Gorka y sin decir nada se durmió como nunca lo había hecho antes, ya no tenía miedo, también se lo habían llevado.