Una de mis grandes aficiones, la cual me ha acompañado desde
la infancia, es la pintura en todas sus facetas, desde colorear libros, pintar
cuadros con óleo, acrílico, tizas, rotuladores, lápices y acuarelas, realizar
pequeños murales o decorar muebles. Reconozco que se me da bastante bien y,
además, es algo me ha ayudado a expresarme tanto en los peores momentos de mi
vida como en los mejores.
Últimamente, he revisado muchas de las obras que aún conservo
y me he dado cuenta, de que no sólo he evolucionado en la forma de dibujar y de
colorear, también es un claro reflejo inconsciente de las situaciones y
emociones que he vivido, por eso cada una de ellas llevan implícito parte de mí
y de mi relato de vida. Tal vez, por eso, me cuesta tanto deshacerme de algunos
cuadros que cree en momentos claves, y que detesto hacer encargos, ya que tan
solo me aportan cierta ayuda económica para hacer lo que realmente me gusta, lo
que me nace de las tripas y del corazón.
No ha sido fundamental que mis obras estuvieran técnicamente
bien hechas, sencillamente me he dedicado a pintar porque me calma, porque alimenta
mi alma y porque me gusta, porque es una manera de plasmar o transmitir de
forma inconsciente un mensaje, un grito silenciado o una emoción propia a
través de los colores, de su ausencia o de la temática. Como consecuencia, hoy
soy conocedora y estoy orgullosa de no tener un estilo propio, algo común que
podría definirme como artista, una característica única, porque en realidad no
soy la misma que ayer pero tampoco la de mañana.
Guardo una gran variedad de cuadros que se van acumulando
ordenados en un rincón, muchos de ellos son en blanco y negro, retratos de
miradas perdidas y tristes, de alas seccionadas inmóviles, e incluso, poseo una
colección de láminas que cuentan una parte de mi historia en la gama de los
grises, de un tiempo en la que perdí la capacidad de vivir y en la que me sumí
en un mundo propio sin luz, tan negro como una oscura cueva oculta y aislada en
el fondo del océano.
Pero, con ayuda, volví a ver el mundo con otros ojos, a ver
la luz donde antes solo había penumbra, a disfrutar del color desordenado y caótico.
He aprendido que la vida es una gama infinita de matices, con sus luces y
sombras, que va desde el negro más intenso, pasando por los rojos más
pasionales, los azules más fríos, los amarillos mas cálidos, los verdes más
naturales, los naranjas más otoñales, los morados mas femeninos y los blancos
más luminosos, y es que no importa por dónde salga el sol, porque la vida es un
inevitable arco iris en días lluviosos, en los que unas veces nos dejaremos
impulsar por el albor del color, otras nos dejaremos apaciguar por el calor del
sol y otras veces nos dejaremos arrastrar por el declive de las sombras suscitadas
por las nubes.
Termino estas palabras escuchando una voz interior que me guía
hacia mi cuaderno y hacia mi maravillosa caja de pinturas.
Rondan los 30 grados, pero desde la
distancia, llega una ligera brisa que suaviza el ambiente. Apenas quedan unos
minutos para que el sol desaparezca y Sara no deja de admirar el paisaje que
tiene frente a sus ojos negros. No es capaz de ver en el horizonte la otra orilla
de lo que llaman el Mar Mediterráneo, una masa de aguas tranquilas que llega a
los pies de la pequeña niña de 7 años, mojándoselos y enterrándolos bajo la
blanca y fina arena. Sara jamás había visto algo tan hermoso, divino y a la vez
tan perturbador. Mientras se alisa su mejor camisa y se quita el cabello de los
ojos, escucha el sonido de las olas rompiendo en tierra firme, una canción de
cuna para su diminuto corazón. A su espalda, a tan solo unos metros, está su
madre Lina, conocida en su comunidad como Lina, la peluquera. Ella, mira con
ilusión e incertidumbre al infinito, buscando una señal de su nuevo futuro, el
cual, se encuentra a solo unas horas, donde su esposo Samir les espera para
reunir a la familia en su nuevo hogar, donde volverá a trabaja peinando a sus
vecinas, donde, por fin, podrá olvidar los horrores de la guerra.
Sara tiene la piel aceituna y cabello
castaño, es dulce, inteligente y valiente, la vida la ha hecho crecer antes de
tiempo. Está deseando narrarle a su padre su gran aventura, de cómo salieron de
casa con un par de mochilas en las que guardaron lo puesto y miles de
fotografías para no olvidar toda una vida, quiere explicarle lo valiente que ha
sido durante los bombardeos en las noches más oscuras, pues ya no llora, ni se
asusta cuando los edificios desaparecen bajo una nube de polvo, quiere hablarle
de Mazen, un buen hombre que les dio cobijo, alimento durante tres días y les facilitó
dos billetes para ir en barco a Europa, quiere presentarle a su nueva mejor
amiga, Fátima, que le acompañará en este último viaje, quiere que su padre se
sienta orgulloso al ver las notas que ha obtenido este último curso… De repente
sus deseos se ven interrumpidos por la voz de su madre al reclamarle para que
vuelva a sulado.
Es la hora, ya ha anochecido y un
centenar de personas se dirigen silenciosas y con rapidez en la oscuridad hacia
la orilla, donde les espera una barca neumática que apenas se distingue en la
penumbra. Sara está segura de que los llevará a un gran barco donde por fin
podrá asearse, descansar y disfrutar antes de abrazar a su padre, antes de
llegar a Europa.
Pasan las horas, pero Sara no
consigue ver el navío que los recogerá a todos. Las suaves olas que llegaban a
la orilla, ahora provocan náuseas y mareos a muchos de los pasajeros que acaban
por vomitar en el mar. El frío y la humedad se introduce en los huesos de las
100 almas que se encuentran a la merced del viento que comienza a soplar con
fuerza, bamboleando la embarcación de un lado al otro, aterrando a hombres,
mujeres y niños por igual. La noche parece hacerse eterna, pero como cada día,
el sol acaba por despertar, mostrando a lo lejos la tierra que tanto ansían,
una tierra de nuevas oportunidades. Todos lo celebran inquietos, deseando
abandonar aquel trozo de plástico negro lleno de centenares de parches que, en
cualquier momento, puede desapareces bajo las fauces del mar.
Sara cree distinguir una figura a lo
lejos, desea que sea su padre esperándoles en la playa. Es la única que por un
instante sonríe.
De pronto, alguien salta del bote, le
sigue otro y después dos más, intentan desesperados alcanzar la orilla que
apenas está a 200 metros. En la playa, comienzan a levantarse los bañistas que
miran con curiosidad.
Cada vez hay más movimiento y la
balsa se desestabiliza, tirando a sus pasajeros a las frías aguas del Mediterráneo.
Sara intenta mantenerse a flote buscando a su madre, pero el mar las separa en
cada ir y venir. Ya no se oye la canción de cuna para el corazón, los gritos y
el llanto de los que intentan luchar por sobrevivir lo inunda todo.
Sara recuerda como su padre le enseñó
a nadar en la piscina de su tío hace tiempo, mueve brazos y piernas con todas
sus fuerzas hacia la costa. Su boca se llena una y otra vez de agua salada,
apenas puede abrir los ojos y las articulaciones le arden. Va perdiendo en cada
brazada lo poco que le queda, zapatos, ropa y fuerza. Entonces se hace el silencio
y siente un dolor agudo en el pecho, miles de agujas se clavan en su fino
cuerpo, la presión en sus pulmones se hace insoportable y en un definitivo y agónico
instante consigue abrir los ojos para encontrarse, rodeada de un millón de
fotografías desperdigadas a su alrededor. En una de ellas, puede ver a su padre
y a su madre frente a la casa de pequeño jardín en la que vivían, sonriéndole,
acompañándole en su último e inútil esfuerzo por respirar.
Finalmente, el cuerpo pálido y sin
vida de Sara llega semi desnudo a la playa, rodeado de miles de retratos y
recuerdos mojados. Algunos cuerpos todavía flotan en el mar, el de su madre
descansa en el fondo marino, donde se ha unido a los que murieron unos días
antes. Mientras en la playa algunas personas ayudan a otras a salir del agua,
son los pocos supervivientes que todavía tendrán que luchar por un lugar en
este nuevo mundo, otros lloran la desgracia de los desconocidos traídos por el
mar, algunos sacan sus móviles para retratar semejante tragedia, unos pocos
observan con las manos en los bolsillos desde la distancia lo que allí ha
ocurrido y otros desvían la mirada, ignorando como los gobiernos y el mar se ha
cobrado nuevamente vidas inocentes.
Si no me equivoco, procedente del latín la palabra adiutare,
significa ayudar, respaldar, complacer, relacionada a su vez con joven,
agradable y gracioso. Se asocia con la raíz indoeuropea “yeu” es decir
fuerza juvenil.
Somos una especie animal de carácter social, es decir, que
hemos necesitado, para la supervivencia de cada individuo y la totalidad de la
raza humana, relacionarnos con los demás a lo largo de toda la historia. Dentro
de esta capacidad de relación innata, nos encontramos con la forma de
convivencia más generosa que es la ayuda.
Reconozcamos, que en el día a día, en muchas ocasiones y a
pesar de nuestros intentos y esfuerzos, o como dirían algunos, a pesar de
nuestra cabezonería, no somos capaces de lograr con éxito nuestros deseos o
ideas, tales y tan simples como colgar un cuadro, montar un armario, atarse una
cremallera en la espalda, mover un mueble, sacar un sofá por la puerta… Porque
hay cosas, que están hechas para hacerlas entre dos, tres, cuatro o miles de
personas unidas, o sencillamente, no sabemos cómo hacerlas, pues nadie ha
nacido con el don del conocimiento absoluto, aunque siempre hay alguno que se
lo crea.
Cuando nos encontramos ante estas situaciones de frustración
propia, lo mejor es aceptar una pequeña derrota y buscar alguien de confianzaque nos guíe, nos acompañe y nos respalde, en definitiva,
que nos ayude. Y destaco la palabra confianza, porque a todos nos cuesta
aceptar nuestras incapacidades para hacerlo todo solos, ya que es lo que se nos
ha vendido para considerarnos personas triunfadoras, no nos gusta asumir
nuestras debilidades ante nosotros mismos y mucho menos ante los demás, aunque
en realidad nuestros mayores errores se convertirán en nuestros grandes
aprendizajes y se nos ha enseñado, desde la más tierna infancia, que la vida es
una gran carrera en la que si no compites te devorarán a la mínima, sin
embargo, lo cierto, es que somos parte del grupo y del mundo, no su enemigo.
Por eso, es tan importante la creencia, la seguridad de que el otro no se
aprovechará, al aceptar en prestar su respaldo con más o menos entusiasmo, de
nuestra necesidad para creerse por encima de nosotros, con aires de grandeza, dejando
pasar el tiempo, obligándonos a recordarle nuestra “dependencia”, humillándonos
haciéndonos sentir inferiores, aunque sea de forma inconsciente. Esa fe, se
basa muchas veces en que “las palabras no se las lleve el viento” ya que, si no
se cumple con las promesas de ayuda, por muy simples, absurdas o ridículas que
puedan parecer, el supuesto ayudante a la larga se convertirá en alguien en el
que no se puede confiar, en alguien que miente porque su palabra no vale un
real.
En otras ocasiones del día a día, en los que no reconocemos
que necesitamos que nos echen una mano, o todavía no ha llegado el momento
porque estamos intentando conseguir algo de motu propio, algo, por cierto,
fundamental en el desarrollo del aprendizaje, ocurre que dejamos expuestas
nuestras incapacidades, y puede suceder que alguien, normalmente también de
confianza, se ofrezca a ayudarnos. Esta ofrenda debe ser desde la parte más
sincera y generosa de nuestro cerebro emocional, no de la parte más egoísta, en
la que por unos momentos puedes sentirte más poderoso, fuerte o sabio a precio
de sojuzgar y empequeñecer al otro con frases con rin tin tin con “te ayudo”,
“tu no sabes”, “quita, mejor lo hago yo” ….
Este concepto correcto de ayuda se puede extrapolar a miles
de situaciones entre países, etnias, minorías, grupos o individuos , porque si
consiguiéramos llegar al consenso de que pedir ayuda no es de débiles, no es de
ignorantes,sino de sabios, si nos
diéramos cuenta que deberíamos sentirnos honrados por que se requiera de
nuestro favor y si lográramos, entender que nuestra ayuda es la más altruista
de nuestras capacidades, tal vez, se generaría una gran cadena de favores
infinita que acabaría con muchos de nuestros problemas como especie.
Porque ser valientes para admitir lo que realmente se quiere no es el problema, porque ser sinceros para aclarar el nombre de las cosas forma parte de la solución… Lucía Gorría Juárez, escritora del libro de relatos EL SENDERO DE UNA VIDA (editorial Hebras de Tinta, 2019 CUARTA EDICIÓN), nos propone esta preciosa y sincera reflexión acerca de cómo nos presentamos al mundo y cómo pensamos en realidad.
VIDA EN MODO CHANDALERA
No nos engañemos, todas y todos vivimos bajo la influencia de lo que creemos que piensan los demás de nosotros, por mucho que se nos llene la boca de que somos libres y que nos importa un bledo lo que digan de nuestra persona.
Parad un segundo delante de vuestro armario… Abres las puertas, lo recorres lentamente, con pausa y pensando realmente cuál de vuestra ropa es objetivamente la más cómoda y práctica. Probablemente no se encuentra junto a los trajes, ni junto a los vestidos de fiesta, ni junto a las camisas tan bien planchadas, seguramente ni siquiera está en ese armario porque está relegada, sin causa justificada, en el fondo del último cajón: el cual pocas veces sueles abrir y en el que, castigado, se encuentra tu comodín, nunca mejor dicho, para esas tardes de invierno en las que ni se te ocurriría pisar la calle, o en los días que la gripe te obliga a ponerte los más agradable que tienes. Para unos será un chándal viejo y descolorido, para otros unas mallas dadas de sí, para unos pocos serán camisas o jerséis talla XXXXL con un pantalón flojo de algodón, pero lo importante es lo que nos hace sentir: liberación, espacio, deshaogo o como quieras llamarlo. Aunque tienen un pequeño inconveniente: no se te ocurriría arriesgarte a que te vieran con semejante pinta, ni siquiera al ir a tirar la basura, no vaya a ser que el vecino del quinto, del que no sabes ni su nombre, te pille en lo que pudiera parecer tu peor momento.
Antes muerta que sencilla… se suele decir, por eso tienes unos pantalones pitillo de talle bajo y que apenas te dejan respirar, esos que en verano te parecen una sauna a pesar de tener, estratégicamente, ciertas aberturas en las rodillas pero que, en invierno, te dejan las piernas como carámbanos. Te los enfundas como buenamente puedes en unos segundos junto con una camiseta con un millón de lentejuelas, porque el brilli-brilli está de moda, a sabiendas de que pica un montón. Te calzas unos taconazos que por cada paso que das te quebrantan las piernas, cadera y espalda y te vas a la cafetería de la esquina a por media barra de pan para volver en cuestión de cinco minutos, pero ya no importa encontrarte con el vecino del quinto, con la del tercero ni con los del segundo porque antes de salir te has mirado y remirado en el espejo y estás perfecta. Aquí viene la cuestión: ¿Para quién? ¿Para ti o para los demás?
Yo he llegado a la conclusión de que estamos tan preocupados de lo que pensarán al vernos pasar, tan pendientes por cómo creemos que se nos ve, por cómo pensamos que se nos juzga, porque se supone que la primera impresión es la que cuenta, que la mayoría de las veces simplemente no nos fijamos en los demás, a no ser que estén fuera de la dichosa “norma” o “normalidad”, por lo tanto, tampoco los demás se fijarán en nosotros. Así de simple.
Vuelve a observar con detenimiento tu ropero, plantéate si existe comodidad en llevar las corbatas que tanto te asfixian, en la americana ajustada y hecha a medida que te impide saltar y bailar, en los shorts que estrangulan tus imponentes piernas, en los monísimos sujetadores con puntilla que irritan tu piel, en los monos imposibles de atar por uno mismo, en las medias que se van escurriendo poco a poco, en las camisas de mil botones, en la falda de tubo que te impide mostrar tu agilidad al subir las escaleras, en los zapatos de caballero que oprimen tus callos, en el dichoso “tanga” del cual es mejor no hablar, en los vestidos de fiesta hechos para posar en las fotos y terribles para sentarte a la mesa, en los zapatos de aguja de diez centímetros que destrozan los pies, en el minibolso donde no caben las tiritas para tus ampollas o en el megamaxisuperbolsón de Mery Poppins que es tan pesado que tu brazo acaba por alargarse un palmo.
¿Dormirías a pierna suelta con alguna de estas prendas o maravillosos complementos? Yo, desde luego que no. Por eso hoy reivindico la maravillosa idea de vivir en “modo chándal” o “modo malla” sin ser juzgado o juzgada, en el que puedo bailar y saltar toda la noche en la boda de mi mejor amiga, en el que puedo aguantar el chaparrón de mi jefe que no para de sudar con su traje inmaculado, en el que puedo estar tranquila en los días de viento porque mis bragas de talle alto no estarán a la vista de todos, porque lograré caminar sobre la hierba sin hundirme cual submarino y no parecer un pingüino caminando, por todo esto y porque el papel de regalo no representa los maravillosos regalos que en realidad somos.
Hoy defiendo a capa, espada y con mallas la vida chandalera.
Es fundamental que los medios de cultura borren las estigmatización que sufren hombres y mujeres con depresión. También en la autopublicación existen verdaderas y alentadoras joyas.
—Buenos días, doctor —intento decir con mi mejor cara.
—Buenos días, Lucía, cuénteme cómo se encuentra hoy.
—Pues sigo igual desde hace una semana, me duele el estómago, estoy agotada y no hay alimento o bebida que no vuelva a salir por donde ha entrado. Además, continuo con descomposición.
—De acuerdo. Voy a tomarle la tensión…. Hummm, está bastante baja. Túmbese en la camilla, por favor, desabróchese el pantalón y súbase la camisa. Veamos cómo tiene la tripa… Hummm, sí, sigue igual. Como ya le comenté la semana pasada, usted tiene una gripe muy fuerte y esto forma parte de los síntomas. Siga tomando Ibuprofeno tres veces al día y veremos cómo se encuentra la semana que viene.
Dos días más tarde acudo desesperada a urgencias porque empiezo a defecar sangre, no puedo parar de llorar de lo angustiada que me encuentro. ¡Ya no puedo más! Allí me atiende un amable doctor que me vuelve a recordar que tengo gripe y que me tome un ibuprofeno más. De ahí para casa.
Cuatro días después vuelvo al ambulatorio y resulta que el que está enfermo es mi médico habitual. Me atiende una doctora tan amble como él, pero esta vez, y al mirar mi historial, me dice que, aunque tengo gripe cree conveniente hacerme un análisis de sangre y un cultivo de heces. El resultado llega en unos días.
Tengo salmonelosis. Parece ser que la gripe ha dejado mis defensas por los suelos y estoy abierta a cualquier virus, bacteria o bichito que me quiera matar por dentro.
Cambiemos alguna cosita de esta historia:
—Buenos días, doctor —intento decir con mi mejor cara.
—Buenos días, Lucía, cuénteme cómo se encuentras hoy.
—Pues sigo igual desde hace una semana, me duele el estómago, estoy agotada y no hay alimento o bebida que no vuelva a salir por donde ha entrado. Además, continuo con descomposición.
—De acuerdo. Voy a tomarle la tensión… Hummm, está bastante baja. Túmbese en la camilla, por favor, desabróchese el pantalón y súbase la camisa. Veamos cómo tiene la tripa… Hummm, sí, sigue igual. Como ya le comenté la semana pasada, usted tiene depresión y esto forma parte de los síntomas. Siga tomando alprazolam tres veces al día y veremos cómo se encuentra la semana que viene.
Dos días más tarde acudo desesperada a urgencias porque empiezo a defecar sangre, no puedo parar de llorar de lo angustiada que me encuentro. ¡Ya no puedo más! Allí me atiende un amable doctor que me vuelve a recordar que tengo depresión y que me tome un alprazolam más. De ahí, para casa.
Cuatro días después vuelvo al ambulatorio y resulta que el que está enfermo es mi médico habitual. Me atiende una doctora tan amble como él, pero esta vez, y al mirar mi historial, me dice que, aunque tengo depresión cree conveniente hacerme un análisis de sangre y un cultivo de heces. El resultado llega en unos días.
Tengo salmonelosis. Parece ser que la depresión ha dejado mis defensas por los suelos y estoy abierta a cualquier virus, bacteria o bichito que me quiera matar por dentro.
Reflexión: LAS PERSONAS CON DEPRESIÓN NO SOMOS SERES ANORMALES
Esto me ha ocurrido en varias ocasiones durante y después de recuperarme totalmente de esta enfermedad, la depresión, pero parece ser que todo lo que me pueda ocurrirme es culpa de la depresión, ansiedad o el estrés; así que lo mejor es solucionarlo subiendo la dosis de ansiolíticos y de antidepresivos. Que me caigo por las escaleras al tropezarme y me rompo un dedo… pues alprazolam; que me sube la fiebre por un catarro… antidepresivo; que tengo dermatitis por el cambio de tiempo… subimos la dosis de alprazolam; que tengo diarrea y vómitos por la maldita salmonelosis y no puedo parar de llorar… pues cambiamos el antidepresivo y volvemos a aumentar el alprazolam.
Entiendo, comprendo y asumo que la depresión es el “principio activo” de muchos síntomas psicosomáticos, pero también sé que por experiencia que alguien con estrés, ansiedad o depresión puede llegar a pillarse un catarro o una gripe como cualquier otra persona, romperse un brazo o tener, en mi caso, una salmonelosis. Después de haber superado con mucho esfuerzo, trabajo y ayuda esta enfermedad mental que es la depresión, tal vez sería conveniente dejar de colgar el San Benito de “persona con depresión para todo”, porque os aseguro que no ayuda nada.
Hemos avanzado muchísimo en los últimos 20 años en cuanto a hablar de temas tabús sobre enfermedades mentales, de hecho, ya no se las oculta por vergüenza a las personas, en las casas o en habitaciones, incluso somos capaces de reconocer que alguien esta “bajo” o “tocado”, por decirlo vulgarmente. Pero todavía queda mucho trayecto por recorrer para dejar de etiquetar a alguien el resto de sus vidas con el nombre de una enfermedad, como si solo fueran eso.
No tengo problemas para reconocer abiertamente por lo que he pasado, por mi proceso depresivo. Es más, me siento orgullosa de ser una de esas miles de millones de personas que consiguen recuperarse y vuelven a tener una vida normal. Bueno, en realidad, una vida mejor, pero en varias ocasiones, y es bastante más común de lo que pensamos, he tenido la sensación de que durante un tiempo he llevado puesta una apestosa camiseta con una frase inscrita: Tengo depresión, por lo que soy especial; trátame como si no entendiera nada. Mis errores son debidos a esta enfermedad y mi opinión no tiene valor. Lo cierto es que una vez que te recuperas, ya te quedas con el San Benito para el resto de tus tiempos y por asociación lo heredan tu pareja o incluso tus descendientes: “Es el marido de…” y “son los hijos de…”
He tenido el placer, la suerte y el honor de encontrarme y coincidir en mi camino con muchas personas en una situación parecida a la mía y tenemos algo en común que hemos llegado a compartir abiertamente: se nos califica como personas que han perdido capacidad para trabajar o incluso, en algunos sectores, somos peligrosas, por lo que la incorporación nuevamente al trabajo ha llegado a ser un fracaso; resulta que cualquier error, despiste o equivocación se mira con muy malos ojos y se nos juzga de antemano.
El valor de nuestras opiniones se pierde completamente y nuestra credibilidad se esfuma por la ventana si vuelves a sonreír o tienes el descaro de ser feliz. Todas y todos hemos llegado a escuchar en un momento, o en más de uno, las dichosas frases de… “eres una exagerada” o… “es que si no pones de tu parte”. Os aseguro que nadie quiere sentir cómo la tristeza extrema le corroe y le pudre por dentro, ni que la vida es un castigo y la muerte la única solución. Nadie quiere tener malestares continuos por la tensión o dolores de cabeza diarios de tanto llorar. Nadie quiere sentir que no vales nada ni la humillación de haber perdido el control de tu vida. Nadie quiere que se le caiga el pelo o tener heridas en la piel de tanto rascarse. Nadie quiere tener miedo a comer, a dormir o a salir a la calle. Nadie quiere despertarse por las noches aterrada y con el corazón a punto de salírsele del pecho. Nadie, realmente nadie quiere tener pánico a vivir… Así que si ponemos de nuestra parte cuando vamos desesperados al médico sin saber qué nos pasa, cuando nos obligamos a salir a la calle aunque sea a tirar la basura, cuando nos escondemos de los ojos de los demás para llorar y no molestar, cuando nos alimentamos a pesar de tener un candado en la garganta, cuando aceptamos la ayuda que se nos ofrece, cuando seguimos al pie de la letra las indicaciones de los médicos a pesar de que no siempre se acierta a la primera con las medicaciones, cuando acudimos a las sesiones de terapia psiquiátrica durante meses y años, estamos poniendo un poquito más de nuestra parte hasta conseguir que eso sea poner mucho.
Basta ya de identificar y condicionar a una persona por una enfermedad, pues es como si a alguien la tratáramos de forma diferente o la identificáramos por esa enfermedad. ¿Si has pasado una varicela eres una varicelosa?, ¿si un catarro entonces eres una catarrosa?, ¿si una neumonía eres una neumónica? Esto pasa continuamente con personas con enfermedades mentales, personas a las que se las denomina negativamente como depresiva, bipolar, esquizofrénica, anoréxica, bulímica e incluso, una vez, una mujer me contó su experiencia con el cáncer y se convirtió en la cancerosa.
No son enfermedades con patas que viven en el mundo, ni es una característica más, ni tiene por qué ser algo crónico. Para sorpresa de muchos ignorantes, se trata de cosas que se pueden curar o aprender a vivir con ellas con normalidad.
A día de hoy, recuperada, he decidido ponerme mi mejor y más reluciente camisa en la que pone: Soy feliz, aunque haya tenido depresión.
Tal vez, será que a estas fechas no he tenido el lujo de
disfrutar de unas vacaciones y me he tragado todas las noticias, vía Internet, vía
periódico impreso o vía televisión, pero este verano, me ha llegado al corazón
la gran problemática de la emigración, o más bien como yo la describiría, la
huida a través del Mar Mediterráneo en condiciones inhumanas.
Me sorprende la dicotomía al ver como cada día, los
noticiarios, nos informan de la llegada de hombres, mujeres, niños y niñas a
las costas de la ansiada Europa, en el caso, de tener la suerte de haber
sobrevivido en un mar que los devora por las noches, o que no les hayan
prohibido llegar a puerto seguro, cuando son rescatados por organizaciones
humanitarias, por gobiernos a los que se les ha olvidado, que unas décadas
atrás tuvieron una suerte parecida cuando los regímenes más diabólicos,
masacraron a una gran parte de la población en tierras europeas, para acto
seguido escuchar las estadísticas de veraneantes en playas de nuestras costas, pronósticos
meteorológicos para la calma de turistas o para poner la guinda al pastel, nos
presentas anuncios de maravillosos cruceros a todo lujo por las aguas que
entierran cientos de cuerpos en descomposición, los cuales, tiempo atrás,
tuvieron un nombre, una familia, una vida.
Nos informan, en un par de minutos, de las cifras de llegada
de emigrantes, de la cantidad de muertos o los porcentajes comparativos como si
fueran simples sacos de patatas, deshumanizando su existencia y con ella la
nuestra, destruyendo así, cualidades esenciales para la supervivencia humana
como la compasión, la empatía, el asertividad, la comprensión, la generosidad y
la cooperación.
Mientras tanto, los y las turistas tanto nacionales como
internacionales, es decir los migrantes ocasionales con dinerito, buscan
desesperados, a primera hora de la mañana, un lugar en primera línea de playa
para acondicionar su sombrilla y su hamaca made in China, lo suficientemente
cerca de la orilla para refrescar sus pies descansados, o siguen bañándose en las mismas aguas donde
muchos congéneres inocentes de la misma especie, han perecido en una agónica
soledad o surcan las olas en fastuosos barcos acinados en colmenas flotantes
tal cual abejas obreras, esas mismas olas que son las que surcan las balsas neumáticas recauchutadas de
los desesperados.
Es la ironía de la doble moral del ser humano, en la que la
mayoría, ya que siempre hay mal nacidos repartidos por el mundo, nos
consideramos buenas personas, que deseamos y queremos sinceramente lo mejor
para el prójimo, pero sin que nos conlleve un mínimo esfuerzo que nos pueda
molestar o incomodar.
Soy consciente de que es muy fácil opinar desde la comodidad
de mi hogar, desde la suerte de haber nacido donde he nacido y por supuesto, no
poseo en mi saber la solución a esta situación, seguramente lo mejor sería
atajar el problema en la propia raíz, para que personas, humanos igualitos a mí,
no se vieran en la necesidad de huir en semejantes condiciones extremas y
peligrosas, dejando su vida, su familia y su tierra atrás.
Deberíamos ser más conscientes del horror, del trágico trauma
por la que pasan los supervivientes, los fallecidos y sus familias, deberíamos
dejar de verlos como un simple número en
un papel que se olvidará en cuanto se nos presente el próximo anuncio de
vacaciones de ensueño en playas paradisíacas, debemos ponerles un rostro, un
nombre real a cada uno de ellos, para que no se conviertan en recuerdos olvidados,
para darles a sus almas el valor que se merecen y para no convertirnos al resto,
en meros espectadores que engrosan unas audiencias cada vez más insensibles.
En memoria de las más de 35000 hombres, mujeres, niños y
niñas desaparecidos y fallecidos entre los cuales:
30/08/17 Identidad Desconocida.
(25 mujeres, 95 hombres) Nigeria, desconocido desaparecidos, naufragio frente a
la costa de Ben Gardane, Túnez, procedentes de Zuwara, Libia, con dirección a
Italia; 1 superviviente
10/06/17 Identidad Desconocida.
(6 mujeres; 10 hombres) África 10 ahogados en varios incidentes, desde Libia
hacia Italia; 100 desaparecidos, 1650 personas rescatadas ese día
07/05/17 Identidad Desconocida (1
bebé; 9 niños; 40 mujeres) desconocido 11 ahogados después de que la
embarcación se hundiera frente a la costa de Libia; 152 desaparecidos, 7
rescatados
13/04/16 Identidad Desconocida
(100 niños; 400 adultos) Etio, Sud, Egi, Som, Sir ahogados en el Mediterráneo
cuando los traficantes intentaron combinar los migrantes de 2 barcos de Libia y
Egipto
19/04/15 Identidad Desconocida.
(50 niños; 250 mujeres) Malí, Gambia, S Leona ahogados después de la colisión
de un buque cerca de Gergarish, Libia; cientos de personas quedaron atrapadas
en la nave
29/06/14 Identidad Desconocida. (45 hombres) Siria,
Seneg, Malí, Gam asfixiados en la bodega de un barco de contrabandistas
sobrecargado con 600 migrantes africanos a bordo
11/10/13 Identidad Desconocida.
(100 niños; 168 adultos) Siria 34 ahogados, barco atacado y hundido a 113 km de
Lampedusa (IT), llamada de emergencia ignorada; 234 desaparecidos
06/09/12 N, N
(3 bebés; 28 niños) Palestina, Siria, Irak ahogados, embarcación sobrecargada
de Ahmetbeyli (TR) hundida en el mar Egeo; 46 supervivientes
A lo largo de los años, que son
realmente los que dan sabiduría, he aprendido por propia experiencia, a base de
equivocarme, que existen tres formas fundamentales para abordar los conflictos,
las dificultades y obstáculos que surgen a lo largo de la vida, internas o
externas. Y cuando digo abordar , quiero dejar claro que no significa que
lleguemos a solventarlos, a repararlos pues existen muchas cuestiones que no
tienen remedio y es importante que sepamos discernirlos para aceptarlos tal
como llegan, porque, no asumir una derrota, puede llevar a golpearnos contra
una inmutable montaña una y otra vez, dejando la piel en ello. A veces, y soy
consciente de que el orgullo puede hacernos extraviar la razón, es mejor perder
una batalla o incluso la guerra, que perder la vida.
Esto, no significa que nos dejemos abatir
a la primera contrariedad que se nos presente por el “no puedo” o por el “no
sé”. Ciertamente, intentar luchar por aquello en lo que creemos es mejor, que no
hacer nada, pues a través de la queja, el lamento y de la inactividad
seguiremos obteniendo los mismos resultados.Si está en nuestro deseo lograr cambios, es fundamental la existencia, de
como mínimo una variante, siendo esta, nuestra forma de actuar ante la
resolución de un problema. He aquí las
diferentes formas de abordar un conflicto: Enfrentarnos, plantarle cara o luchar,
pedir ayuda, apoyo o colaboración y por último y no menos importante huir,
sortear o evitar el dilema. El gran misterio es discernir cual es la mejor
opción u opciones, pues la combinación de algunos de ellas es significativa, en
cada momento de nuestro trayecto.
LA CAÍDA DEL CAZADOR
Había una vez, un perspicaz y
valiente cazador llamado Suaitx, que salió en busca de una presa con que
alimentar a su familia. Caminó durante varias horas tras el rastro de un gran
ciervo que se había internado en un antiguo bosque, conocido y evitado por
todos los habitantes del valle, como el Soto de las Simas, ya que estaba
repleto de profundas cavidades en las que, más de uno, había perdido la vida al
caer de gran altura. Aquel día, Suaitx decidió seguir a su presa desoyendo a su
propia razón y fue como el joven imprudente, cayó en un hoyo, oculto por la
maleza, de más de cuatro metros de altura, rozándose e hiriéndose con las
afiladas espinas de las zarzas que habían crecido en la parte interior de la
sima. Al llegar al duro suelo, sintió como uno de sus hombros se encontraba en
una posición extraña, lo que le produjo un gran dolor, aunque de su boca no
salió una palabra. Contuvo el aliento y volvió a colocarse el hombro en el
lugar correcto a la vez que perdía el sentido. Tras varios minutos, logró
volver a abrir los ojos para mirar hacia arriba y ver que apenas entraba luz en
aquella profundidad. Valorando la situación en que se encontraba, solo y
dolorido, decidió esperar a que su familia lo encontrara.Se acomodó como pudo, pero en el pasar de las
horas, la noche llegó y se quedó dormido. Apenas amaneció, Suaitx sintió hambre
y sed, pero de nuevo aguardó que lo rescataran. A lo largo del día comenzó a
tener más sed, más hambre e inquietud que en pocas horas se transformó en
enfado: Enfado con el maldito ciervo que le había engañado, con su familia por
no rescatarle, con el mundo por no haber acotado de forma adecuada aquel lugar. La noche volvió una, dos y tres veces más, hasta que al cuarto día, ya débil y
sin fuerzas, con la imposibilidad de salir de allí, Suaitx se abandonó a su
suerte pensando en lo que pudo hacer y no hizo. Porque pudo intentar subir por
las lianas y las zarzas, a pesar de las puntas, para alcanzar la salida, pudo
gritar con todas sus fuerzas para que alguien lo oyera y acudiera en su ayuda y
pudo, en un principio, haber evitado aquella situación, pero ya no le quedaban
fuerzas para levantarse, ni para gritar y su orgullo, le había llevado hasta
una tumba perdida y solitaria en la que nadie jamás lo encontraría.