viernes, 1 de mayo de 2020

VIAJE AL SUPERMERCADO

VIAJE AL SUPERMERCADO


Debo ser bastante rarita, porque a todo el mundo que le gusta escribir, la cuarentena, parece ser, el estado perfecto para imaginar mundos nuevos o que las musas se cuelen por tu ventana, pero lo cierto es que yo me he sentido bloqueada en cuanto a plasmar mis sentimientos o mis humildes ideas, simplemente porque suelo relatar lo que me acontece en un día normal, y este aislamiento es todo menos normal, yo lo he vivido como el Día de la marmota, de Harold Ramis, repitiéndose día tras día en casa. Hasta ayer.

Os pongo en situación, vivo en un pequeño pueblo del Pirineo Navarro de unos doce habitantes y cada sábado vienen un par de camiones para suministrar fruta, verdura, carne y productos básicos, así que tenemos la suerte de que el mercado viene prácticamente a nuestra puerta, con el esfuerzo y exposición que conlleva al carnicero y a la frutera en estos momentos, por lo que en realidad, no he tenido la necesidad imperiosa de ir a un supermercado hasta ayer, ya que necesitaba algunas cosillas y por qué no decirlo, me apetecía algún capricho. El supermercado más cercano, en el que suelo comprar, está a unos 20 minutos en coche, así que cogí unos guantes de vinilo y una mascarilla propiamente manufacturada y allí que me fui.

Al montarme en el coche tuve la fugaz sensación de estar saltándome la ley, a pesar de que podemos ir ha hacer la compra, y durante todo el trayecto rece por que no me pararan al ver varias patrullas haciendo controles por la zona. Vamos que el miedo ya nos lo han ido metiendo en pequeñas dosis. Tuve la suerte de no tener que dar explicaciones a nadie y cuando llegué a la población donde quería hacer mis compras, me fui directa al estanco a adquirir unos paquetes de tabaco, no sin antes ponerme mis guantes y mi mascarilla, que desde el minuto uno empezó a sajarme las orejas. Al llegar a la calle principal, vi a un montón de gente quieta por las calles, como si estuvieran jugando a las estatuas, en aquel momento aluciné un poco, pero al acercarme me di cuenta que eran colas esperando para entrar en diferentes establecimientos manteniendo la distancia de seguridad, todos con sus mascarillas, una visión surrealista, pero las cosas ahora parece que van a ser así. Me puse en la cola del estanco y después de un rato, no se cuanto fue porque en realidad no tenía prisa, me di cuenta de que había un cartelito en el que ponía:
“Por causas ajenas a nuestro poder no se puede pagar con tarjeta”, así que me tuve que salir de la fila, perdiendo mi turno, para irme a la cola del cajero automático y una vez que pude sacar dinero, con la consiguiente comisión, volví a la cola del estanco y empecé a preguntarme cómo se puede fumar con la mascarilla, mejor no lo intentéis. Pasado un rato, quieta como una estatua pude comprar desde una distancia de “seguridad” unos paquetes de tabaco y de ahí al supermercado.

Tengo que decir que una de las pocas cosas que me gusta de las tareas del hogar es hacer la compra, pero ayer no fue el día, es más, creo que tardaré en volver a ir a un supermercado. Ya de primeras la mascarilla me estaba agobiando, no por respirar algo incomoda, sino porque no veía muy bien por donde pisaba y sobre todo por el ardor que notaba en las orejas, pero hay que adaptarse a la “nueva normalidad” ¿no?, pues ahí estaba adaptándome. Entre con mis guantes de vinilo, que por cierto me quedaban un par de tallas grande así que la cosa sabía que no iba a mejorar, pero no importaba porque tenía pensado comprar unos helados y alguna chuminada para esos días de aburrimiento.

Nada más entrar me puse encima los guantes que disponen para los clientes, esos “maravillosos” guantes gigantes, transparentes que son la excelencia de la comodidad. Me dispuse a coger algo de fruta y verdura, pero empecé a tener algún problemilla para abrir las bolsas. Después de unos diez minutos, varios intentos, me dio por reírme, gracias a que tenía la mascarilla puesta nadie se dio cuenta de que una loca inútil, peleándose con las bolsas, estaba pululando por el pasillo de la fruta. Hasta que un amable señor se acercó, viendo mi incapacidad con las puñeteras bolsas, me explicó muy afectuosamente un pequeño truco para abrirlas, simplemente de una de las asas hay que frotar y se abre, pero, aunque suene sencillo, es algo más complicado con un par de guantes. Ya con mi bolsa abierta, me dediqué a recoger un par de calabacines y nada más meterlos en la bolsa, fueron directos al suelo. Creo que es mala suerte pillar una de las pocas bolsas que pueden estar rotas, pues yo lo hice. Vuelta a empezar, coger bolsa, abrirla, llenarla y ponerle la etiqueta. ¡Que momentico!, y aquí se que no soy la única a la que le pasa. La etiqueta se queda pegada en el guante por mucho cuidado que tengas, así que yo fui dejando partes de mi guante en cada etiqueta. Solventado ya el primer contacto, me animé a coger unos mangos, que me encantan, y resulta que al meter dos en la bolsa me di cuenta de que tenía todo el guante lleno de las no pequeñas pegatinas que tiene cada pieza indicando que a madurado en el árbol. “Por lo menos ya no le va a pasar a nadie más”, pensé, “me las he llevado yo todas”.

Terminé con varios productos más y me deshice de esos guantes, o lo que quedaba de ellos. Seguí con mi compra, sin prisa, y de repente me encuentro que en la sección de la carnicería, charcutería y pescadería las han acondicionado para mantener la distancia de seguridad con una cinta, de nuevo parece que hay que hacer la compra desde la distancia, pero es por nuestro bien. Yo desistí de comprar nada, sencillamente porque se me quitaron las ganas. El problema llegó cuando quise pasar de pasillo a pasillo para seguir cogiendo productos de las estanterías, nada raro, unas galletas, algo de azúcar, unas cervezas, algo de pasta…. Pero se convirtió en algo complicado, ya que las colas de la pescadería y de la carnicería impedían el acceso a el resto de pasillos. No os penséis que había mucha gente, porque no era así, en cada fila había unas 4 o 5 personas, pero imaginaros como era de larga manteniendo la dichosa distancia de seguridad. Así que deje mi carro en un lugar estratégico donde no molestara, al lado de la comida de los gatos. Subí y bajé por los pasillos como si fuera un laberinto hasta llegar a las cámaras de yogures. Tan solo quería unos yogures naturales, simples, normales, de los de toda la vida y me encuentro con todo tipo de yogures de sabores, colores, aromas, con trozos de fruta, con virutas de chocolate, light, de soja, sin lactosa o azucarados, pero no naturales. “Esto me pasa por no haber utilizado como habitualmente lo hago la yogurtera cuando me queda tan solo uno.” En aquel momento apareció por allí un muchacho que esta reponiendo los yogures, así que le pregunté si iba a poner los naturales. Solo le veo los ojos, pobre muchacho pienso, todo el día con esto pegado a la cara, pero su mirada me expresa mucho más de lo que se atreve a decirme. Yo no lo había visto porque la tela que me cubre la boca me deja un campo de visión un pelín más pequeño de lo habitual, pero tiene cuatro carros de cajas de yogures hasta reventar para colocar.  “Déjalo majo, bastante tienes, como para estar buscando unos yogures, entre tanta caja” así que cogí unos edulcorados y me fui en busca de mi carro, volviendo por el laberinto, esquivando a las pocas personas que estábamos. Terminé con varias cosas más y me dirigí a la caja, donde había que esperar a que el anterior cliente finalizase de recoger sus cosas. Ojalá que esto no desaparezca con el virus, algo bueno tenía que tener. Mientras esperaba mi turno, con el carro a medio llenar, no pude evitar tocarme las orejas, parecía se me estaban despegando de la piel. “Dios mío que dolor.” Nada más empezar a poner las cosas en la cinta le pregunté a la Santa Cajera, que no se su nombre, como lo lleva y como aguanta la mascarilla. Su respuesta, me dejó hecha polvo. Me contó que tenía la cara llena de granos, aunque se cambia la mascarilla todos los días, pero le ha provocado algún tipo de alergia y tiene las orejas llenas de heridas, así que ha empezado a ponerse unas horquillas en las cintas. Yo no sabía ni que decirle, excepto gracias y ánimo. En aquel momento supe que me sonreía porque lo vi en sus ojos. Con toda amabilidad quiso ayudarme a meter cosas en las bolsas y yo directamente le dije que ni se molestase,   lo ordenaría en el parking, no aguantaba más esta sensación de ahogo, quería quietarme esa máscara cuanto antes. A la salida del supermercado lo primero que hice fue arrancarme la mascarilla y volver a respirar, que alivio. Al quitarme los guantes vi que tenía los dedos arrugados como pasas, de lo que me habían sudado las manos.

Me costó un par de horas hacer unas compras que me suele costar menos de una pero como me sobra el tiempo, no me importa. Son solo un par de horas, pero la pescadera, la carnicera, la santa cajera, el joven reponedor, la limpiadora y el resto de trabajadores están unas 8 horas o más en están condiciones, es una tortura y aún así no pierden la amabilidad ni la sonrisa en sus ojos.

Solo espero que cuando todo esto pase, cuando la distancia de seguridad sea un mal recuerdo, sigamos acordándonos de los y las trabajadoras esenciales, que les apoyemos y sobre todo acompañemos en la lucha de mejora de sus condiciones laborables que hasta ahora suelen ser bastante vergonzosas, porque por muchos aplausos de las ocho, que animan mucho, esos no pagan facturas, esas personas se juegan cada día su salud por gente como yo para que pueda tener acceso a alimentos y algunos caprichos.

Lentamente metí las cosas en bolsas y en el maletero mientras rebuscaba todos los tikets para dejarlos a mano por si me paraban, porque no es suficiente con enseñar la compra, eso es lo que me informaron en la panadería, hay que enseñar el recibo de compra para que se vea la hora y demostrar que no te has saltado el confinamiento. Regresé a mi casa, a mi bote salvavidas, deseando que no me parasen, volví a mi confinamiento y a mi Día de la Marmota.



Gracias a todos y todas las trabajadoras de hospitales, todos y cada uno de ellos sin olvidarnos de limpiadoras, celadores, administrativos…, trabajadores de supermercados, transportistas, repartidores, barrenderos, trabajadores sociales, voluntarios, dependientes de gasolineras, carteros, y muchos a los puedan dejar de pronunciar, por salvarnos el culo a todos y darnos un ejemplo de lo que realmente es importante.

viernes, 24 de abril de 2020

LA SALIDA


LA SALIDA


La humanidad se ha visto obligada a parar en seco para protegerse de algo que no se si ha sido provocado de forma natural o fabricado. El mundo no ha parado y yo tengo la sensación de que nos ha mandado a freír espárragos. Más de cuarenta días en casa, con la suerte de tener un pequeño huerto, pero ya he perdido la noción del tiempo, no sé qué día es, pero lo mas preocupante es que cada día tengo que cerciorarme en que mes vivo, porque nos han robado parte de marzo, abril se me escapa de entre los dedos y mayo ya veremos. Se que durante un tiempo tendremos que convivir con este maldito bichito, que debemos ser cuidadosos y precavidos pero también, estoy segura de que tenemos que salir ya de nuestro escondite habiendo aprendido una gran lección, necesitamos salir con los deberes hechos, dispuestos a ser responsables para  intentar volver a montarnos en el carro, para tener una vida normal y tranquila,   porque si no, muchos van a perder la razón por el camino y no va a haber para todos suficiente Lorazepam, ni Alprazolam, ni psicólogos,ni psiquiatras ni terapeutas, ni Flores de Bach, ni clases de yoga, ni meditación, etc..  para suavizar la pedrada mental que se está provocando con este encierro social. Y aquellos tarugos, que sean incapaces de convivir en paz con el resto, que no aportan nada a la sociedad, por favor les pido, quédense en su casa y no vuelvan a salir nunca, no los echaremos de menos.




martes, 14 de abril de 2020

UNA VENTANA AL MUNDO


UN VENTANA AL MUNDO


Desde una ventana veo el tiempo pasar,
días perdidos, días ganados,
todos iguales, todos distintos.
 Lentos amaneceres,
grises, lluviosos o soleados,
 incitadores de libertad.

El suave y dulce olor de las lilas ya florecidas se cuela por mi ventana
entre el silencio enfermizo de un mundo inmovilizado
y el alegre parloteo de las golondrinas que ya regresaron.

 Recluida o resguardada,
escudada tras unos cristales,
invernando,
 mientras otros luchan desabrigados en un frente de batalla higienizado,
 intentando salvar a madres, padres, hijos y amigos.
 Muchos se han quedado en el camino,
todos con nombre y apellido,
 con una historia,
todos con una vida que se ha perdido.

Es la ocasión de valorar lo que tuvimos
en los pequeños momentos de una jornada corriente,
en los besos, los abrazos y las discusiones de un día normal.

Yo sigo aquí,
resistiré hasta que todo pase,
mientras veo como el jilguero aletea libremente sus alas
y canta en el alfeizar de mi ventana.

martes, 24 de marzo de 2020

¿ENCARCELADOS?


¿ENCARCELADOS?



A día de hoy y sorprendentemente a nivel mundial, nos encontramos ante una surrealista situación de confinamiento para intentar frenar la propagación de un enemigo casi invisible. Cada día leo y escucho en redes sociales, en canales de comunicación, como algunos y algunas se quejan de sentirse enjaulados, encarcelados en sus propias casas, por el simple hecho de no poder salir a la calle durante uno o dos meses, tal vez menos, tal vez más, pero en definitiva un tiempo relativamente corto.
Este escenario nos ha obligado a la gran mayoría a parar “de golpe”, aunque aún tenemos la suerte de tener valientes en primera línea, como sanitarios, transportistas, servicios de limpieza y alimentación, voluntarios, fuerzas del orden, etc… Nos encontramos de repente enclaustrados con nuestros propios pensamientos, emociones y con nuestra soledad. Desde la mía propia, os animo a todos y a todas, a aprovechar la oportunidad única que se nos brinda para conocernos mejor, para dejar de pensar como borregos y empezar a pensar como personas únicas, a hacer un ejercicio de introspección, una autocrítica, constructiva, para que en el futuro cercano, seamos una versión mejorada de lo que ya éramos. Quisiera empujaros a que disfrutar de la soledad, compañera de la creatividad, la imaginación y la creación, de la música, la pintura, la costura, la lectura, la poesía, en definitiva, de todas las formas de expresión artística propias de cada uno, tan poco valoradas hasta ahora y que se están convirtiendo en el impulso y la alegría de cada tarde. Abramos y salgamos a las ventanas no solo a aplaudir, sino también a escuchar el silencio, el sonido de la naturaleza, a recrearnos con la visión de las estrellas, ahora que podemos. Estrechemos lazos a través de las ventanas con los vecinos, a aquellos que nunca conocimos, hablemos con nuestras familias, amigos y los compañeros a las que tanto deseamos abrazar, valoremos lo que no sabíamos que teníamos.
Disfrutemos de nuestras casas, cambiemos las cosas de sitio, ordenemos nuestras jaulas de oro para convertirlas de nuevo en hogares. Descansemos de las prisas, el estrés, durmamos de nuevo a pierna suelta, juguemos a las cartas, recreémonos y saboreemos la comida…
Seamos realistas y responsables, pero también positivos. Guardemos la esperanza de no volver a la normalidad, a la mediocridad, aprendamos grandes lecciones de vida, saquemos lo mejor de cada uno, porque pronto, muy pronto nos volveremos a abrazar.



jueves, 19 de marzo de 2020

EL VIRUS DE UNA CORONA

EL VIRUS DE UNA CORONA:




EL VIRUS DE UNA CORONA

Érase una vez una partida de ajedrez.

Érase una vieja y destronada reina que en pie quedaba frente a un pueblo unido.
Érase una antiguo y avaricioso rey que aprovechó un ataque imprevisto para enrocarse en una esquina.
Los alfiles, perdidos ante semejante contratiempo, se deslizaban sin ton ni son por el majestuoso tablero.
Fueron los valientes caballos quienes tomaron las riendas de la batalla, protegiendo y acompañando a los peones, que acabaron por unirse a sus propios enemigos, convirtiéndolos en amigables vecinos.

Mientras tanto la apolillada corona, acabó por desaparecer tras la voracidad del virus de la codicia y la mentira.


sábado, 7 de marzo de 2020

BRUJA


BRUJA:


¡Bruja! -  me dijeron:

Mujer fuerte, valiente, intuitiva, empoderada.
Creadora de vida, alimento y sustento.
Sanadora de heridas con tan solo un beso.
Con manos que sostienen, empujan y liberan.

Inteligente, suspicaz, una zorra ante su presa.
De suave y fino pelaje sobre su cuerpo.
Con canto de sirena y grito de guerra
No hay fronteras, ni cárceles que me detengan.
No hay barreras en mi cordura, ni límites en mi locura.

Hija de una sabia estirpe, una reina entre las reinas.
Una heróica princesa, una luchadora del ejercito violeta.
Una mujer entre mujeres, una sabia entre las sabias.

Bailamos bajo la luna llena alrededor de una hoguera.
Desnudas, vestidas, en el aquelarre de la vida.

No existe manada, ni macho cabrío que pueda dominarnos,
 porque somos hechiceras, somo curanderas, somos hadas, somos furias.
Somos libres, somos mujeres,
Somos Brujas.

Y sin mediar palabra seguí caminando con una sonrisa dibujada en mi rostro.



lunes, 2 de marzo de 2020

EL ABEJORRO

EL ABEJORRO




Amarillo, negro y peludito, un abejorro aletea sus alas zumbando en busca de alimento para su reina, pero todavía la primavera no ha llegado, cargada de un millar de flores donde elegir el mejor néctar y polen que llevar de vuelta a su hermosa colmena.

Escasean las provisiones, pequeñas flores se ven aquí y allí, entre las verdes y recién germinadas hierbas, así que el abejorro amarillo, negro y peludito se aventura a explorar entre tejados, puertas y ventanas, desde donde siente emanar cierto calor desconocido pero placentero.

Zumba que te zumba, el abejorro amarillo, negro y peludito se cuela por un agujerito, luchando por no dejar que sus finas alas se quiebren al pasar entre los huecos de las duras y ásperas piedras.

Tras un grandioso esfuerzo llega hasta la cocina de un hogar y allí encuentra algo sorprendente, un ser gigante de cabellos cobrizos como el fuego, ojos azules como el cielo y piel blanca como la nieve, y con su peculiar zumbido el abejorro amarillo, negro y peludito se acerca a semejante ser buscando sustento.

Zumba vigorosa y enérgicamente las alas del rechoncho abejorro amarillo, negro y peludito, esperando que aquel gigante monstruoso le escuche, pero no quiere oír, pues aprendió que a palabras necias oídos sordos.

Con ágiles movimientos, el abejorro amarillo, negro y peludito se sitúa frente a unos enormes ojos en los que puede verse reflejado con su delirante y frenético baile, pero el esperpento no quiere mirar, pues aprendió que no hay más ciego que el que no quiere ver.

Sorprendido por tal ignorancia hacia su admirable cuerpo amarillo, negro y peludito busca otras maneras de comunicarse con aquella criatura y se dirige directo hacia su boca, pero no quiere hablar, pues aprendió que en boca cerrada no entran moscas.

Ante semejante desprecio, el abejorro amarillo, negro y peludito volvió por donde había venido buscando entre los campos pequeñas flores que le dieran un sostén, dejando en su soledad a aquel ente ceporro, insensato e ignorante que no quería ver, oír, ni hablar.